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Policiales 16-07-2017

Crónica de los últimos días de la víctima: A 35 años del primer crimen del Clan Puccio

Crónica de los últimos días de la víctima: A 35 años del primer crimen del Clan Puccio

Fue el 22 de julio de 1982. La banda la lideró el militar Arquimedes Puccio junto a sus hijos Alejandro y Daniel, alias Maguila. También, el militar retirado Rodolfo Franco, Guillermo Fernández Laborda y Roberto Díaz. En la foto: Puccio en sus días finales en La Pampa. Imagen de Nacho Sánchez (Editorial Planeta).

 

A los 24 años, Ricardo Manoukian va camino a ser un hombre realizado. Planea casarse con la modelo Isabel Menditegui y en su imaginario están la boda, la luna de miel, los hijos, el trabajo, las reuniones familiares, los proyectos.

 

Aunque él no se da cuenta, sus movimientos son vigilados todo el tiempo mientras crece su relación con Alejandro Puccio. Sus novias son grandes amigas. Van a navegar, a bailar, a comer. Manoukian admira el estilo de juego que Alejandro exhibe en el CASI. Va a verlo jugar y lo felicita después de cada partido de triunfo, recuerda el periodista Rodolfo Palacios.

 

Alejandro se muestra afectuoso y sincero. Nada, ni un gesto ni cum comentario ni una acción, develan la forma de una traición. 
Maonukian ignora que le queda un mes de vida. Su muerte está escrita. Es una ley, un decreto que lo persigue. Acaso por haber estado en el lugar equivocado.

 

El jueves 22 de julio de 1982, Ricardo Manoukian trabaja en las oficinas de avenida Fleming y Cuyo, en San Isidro. Cerca del mediodía se sube a su BMW para ir a almorzar con su familia. Es imposible saber si sintió algún malestar, un ahogo o una mala sensación. Nunca se sabrá si sintió la cercanía del peligro. Ese viaje, y lo que ocurre después, es un misterio. Sólo se sabe que en la avenida del Libertador alguien le dice que pare el auto. Y él le hace caso. Tiempo después, los familiares de Manoukian dirán que hay un solo motivo por el que paró el auto: el que le hizo señas para que se detuviera era un conocido. De otro modo no hubiese frenado. Él y su hermano Guillermo habían hecho un curso antisecuestros en los Estados Unidos y una de las recomendaciones era andar con el auto con las puertas trabadas y no parar ante ningún pedido.
Manoukian frena y ese es el último acto que decide por sí mismo. De ahora en más, su vida está en manos de esos tres tipos que se bajan de un Ford Falcon, lo sacan de su auto y lo suben a una combi, donde al volante espera otro cómplice. Le atan las manos, le ponen una capucha y lo meten en el baúl. Viajan hasta la casa de Martín Omar 544, en San Isidro. 

 

Esos tipos son Arquímedes Puccio (falleció en La Pampa el 4 de mayo de 2013) Fernández Laborda y Franco. La participación de Alejandro en esa emboscada está en duda. Algunas versiones lo señalan como el hombre que le hizo señas a Manoukian para que parara. Como un señuelo que lleva a la muerte. Otras lo sitúan como el que abre el portón de la casa para que entren al rehén después de que su padre avisara con tres bocinazos.

 

Entre Laborda y Puccio entran desde el patio y suben por una escalera caracol al primer piso. Con eso evitan pasar por el resto de la casa. Lo acuestan en la bañera. Las paredes del baño están cubiertas por papel de diario. El techo está cubierto por bolsas de arpilleras.

 

Los roles están definidos. Puccio es el que negocia con los familiares de la víctima. Laborda es el que vigila a Manoukian. Se turna con Alejandro. Cuando entran en el baño lo hacen encapuchados. Franco es una especie de apoyo espiritual: su renguera y la vejez limitan sus movimientos. Ricardo es obligado a escribir una carta a su familia. Dice que está bien cuidado, que le dan de comer arroz con pollo, pide a sus padres que sigan las instrucciones y que no llamen a nadie. Que todo va a salir bien. Arquímedes deja la carta en un bar de San Isidro, dentro de un atado de cigarrillos. Luego va a un teléfono público de avenida Centenario y llama a los Manoukian. Les anunció el secuestro de Ricardo y que está en perfectas condiciones. Les ordena que no llamen a la Policía y da la dirección del bar para que vayan a buscar la carta.


–Esa es la primera prueba de vida. Volverán a recibir una llamada. Estén atentos.

 

Arquímedes vuelve a su casa, toma un mapa del Gran Buenos aires y marca tres puntos: calcula meticulosamente las distancias entre ellos y organiza el trayecto donde va a distribuir las tres postas. Laborda se va en el Falcon de Arquímedes a dejar las tres latas de cerveza negra.
Los familiares de Manoukian reciben otra llamada. La voz metálica les indica una dirección. 

 

-Vayan rompiendo el chanchito. Queremos 500 mil dólares. Pongan el dinero en un maletín negro. En las postas encontrarán comunicados de nuestro operativo.

 

Laborda es el encargado de juntar el dinero. Uno de sus tíos sigue las postas. El canje está en marcha. En primer lugar debe ir a avenida Márquez y Rolón. Adentro de cada lata había un papel firmado por "el Comando de Liberación Nacional" y una segunda dirección: Avenida del Libertador al 13.900, en la capilla del teatro De la Cova.


La tercera y última es cerca de las escalinatas de la Catedral de San Isidro, a dos cuadras de la casa de los Puccio. Allí el tío de Ricardo deja el maletín y se retira con la cabeza gacha, sin mirar a ninguna dirección, como exigía el mensaje. Guillermo espera un nuevo llamado.


–Vamos a soltarlo mañana a las seis de la mañana en un radio de 15 cuadras de la casa de ustedes –notifica Arquímedes.

 

Pero es un engaño cruel. Ricardo ya fue asesinado. Sobrevivió once días en las peores condiciones, sentado y maniatado en una bañera. Es probable que para él haya sido un mismo día, monótono e interminable.

 

En el despacho de al lado, Arquímedes reúne a sus cómplices: Franco, Laborda y Díaz. Ofrece whisky. Habla como si se tratara de un negocio. No tiene compasión. En su cabeza está la decisión tomada. Sólo necesita que el resto esté convencido para que la culpa no recaiga en él. Toman whisky. Díaz y Laborda proponen liberarlo. El coronel dice que hay que eliminarlo. Puccio lo reafirma: no hay alternativa. Si vive, opina, va a llegar a la banda a través de Alejandro. Hay que matarlo. Quizá Ricardo haya escuchado todo. Como un condenado a muerte que escucha la sentencia. La diferencia es que no ve a los ojos de sus verdugos. Ellos nunca dan la cara. Díaz está un poco mareado. Quizá por el whisky o por el miedo. El coronel aporta las armas. Uno de ellos pregunta quién lo va a matar:

 

-Todos lo haremos. No se olviden del pacto de sangre. Somos familia.

 

No hay marcha atrás. Ese día sacan a Manoukian del baño, encapuchado, maniatado y dormido con somníferos. Lo esconden en el baúl del Falcon. Arquímedes es el piloto. El coronel Franco va en el asiento del acompañante. Díaz y Laborda, en los asientos de atrás.

 

Salen por la Panamericana hacía Escobar, en dirección al Rio Paraná. Puccio va al volante. Nadie habla. En un momento, dobla por un camino de tierra, pasa un puente y avisa que en el próximo puente iba a parar para terminar el asunto.  
Díaz está nervioso. Si fuera por él, saltaría del auto. Se pregunta por qué está ahí.


Arquímedes estaciona y se baja del auto. Le pide a Laborda y a Díaz que lo ayuden. Franco mira imperturbable. Abren el baúl. Arquímedes le pide el revólver calibre 38 a Franco, se lo da a Laborda y le ordena.

 

- Tenés que matarlo.

 

- ¡Ni en pedo! ¿Por qué tengo que ser el primero?

 

- ¿Te preocupa matar o ser el primero?

 

- Dijiste que todos íbamos a matar.

 

–No es para discutirlo ahora. Resolvamos este temita cuanto antes, ¿estamos? Esto no es una reunión de consorcio, la reconchísima puta que te remil parió.

 
Laborda mira a Arquímedes con odio.


Arquímedes baja el tono.


–Guille, lo peor que podemos hacer es pelearnos nosotros. Nos comen los de afuera. Pensá en tu familia. Y en el pacto.


–¡No puedo hacerlo! 


–Tenés que limpiarlo, pensá en tu familia, pedazo de pelotudo.


Laborda, como si se sacara un trámite de encima, abre el baúl y gatilla tres veces. 


Después del último disparo, Arquímedes lo felicita: 


–Bravo, camarada. Hiciste bien, cumpliste con tu deber.


Entre todos tiran el cadáver a un arroyo, junto con la máquina de escribir con la que escribieron las instrucciones para cobrar el rescate.

 

Ese día, 2 de agosto, los padres de Manoukian esperan ver a su hijo con vida. Pasan las horas y no hay noticias. Llaman a la policía para dar aviso. Al otro día, un comisario les informa que apareció un cuerpo en un descampado, cerca de un arroyo en Benavídez.

 

Esos tres tiros no sólo acabaron con la vida de Ricardo.


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