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Carnavales en el Conurbano Bonaerense 11-02-2018

Gran Morón - Carnavales de 1926: El día que mataron a uno de los fundadores de Matreros

Gran Morón - Carnavales de 1926: El día que mataron a uno de los fundadores  de Matreros

(por Giuliana Belvedere).- El texto, escrito para la Revista Siglo XX en enero de 2000 por Edgardo Coria, cuenta como el médico Alfredo Pasalagua recibió una cuchillada por parte de un discapacitado físico al que estaba golpeando. Y la muerte del cartero Juan Z. que jamás se descubió el móvil. Dos muertes de carnaval.

 

 

 

Febrero de 1926, en una de aquellas noches de férico esplendor de luces multicolores a que nos tenía acostumbrados el gran técnico que fuera Mayán. Quizás en anteriores años pudo haber alguna tragedia semejante o parecida, pero hemos de recordar hoy aquello que, tras una corta pero cruenta incidencia, le costara la vida al Dr. Alfredo Pasalagua quien, tras breve agonía, falleciera en el Hospital de Morón.

 

En la noche aquella, todo se había presentado como en muchas anteriores que desde años atrás daban a los corsos de Morón el galardón de contarlo entre los mejores del área suburbana de Buenos Aires. Con nuestra familia nos encontrábamos a unos 150 metros de aquel hecho de sangre que enturbiaba la fiesta donde todo un pueblo festejaba con alegría.

 

La cantidad de carruajes en aquella medianoche de febrero ya había superado a esa hora el itinerario fijado con sus luces principales, que constaba de entre seis y siete cuadras y fue necesario habilitar las previstas para los alargues, como en la citada emergencia.

               

Las primeras dos cuadras, en aquella noche, fueron por Brown, entre San Martín y 25 de Mayo. Es preciso recordar que, en el año 1926, la mano vehicular no era la actual, sino la izquierda, de manera que el hecho de sangre ocurrió allí, en la misma vereda y casi a la misma altura donde hoy está la oficina de redacción y dirección de nuestro periódico "El Cóndor".

               

Fue un drama que todo Morón sintió como un impacto que le afectó su corazón multitudinario. No hacía mucho que el Dr. Alfredo Agustín Pasalagua había recibido su título de médico, y para entonces se desempeñaba como interno en el Hospital Alvear. Sus padres le habían obsequiado, en mérito a su diploma, un automóvil de marca hoy día inexistente: Grahampaige.

 

Éste sería el mecánico elemento que complementaría los orígenes del drama que allí se desencadenó. Lucía este automóvil su flamante color beige en aquel corso de Morón. Sentadas sobre la capota en cómodo asiento, iban la novia y la hermana del médico. Éste, al volante.

               

El destino señaló con su dedo el comienzo dramático de la tragedia incomprensible. En rápidos segundos, tan inesperados como tensos, se escuchó el grito de una mujer; era la novia del Dr. Pasalagua. Ésta señalaba a un semilisiado que era vendedor de serpentinas al par que gritaba: "¡Sinvergüenza, degenerado, me ha tocado!" 

 

¿Fuera cierto aquello? ¿Hubo algún tipo de manoseo? Hoy día, a más de 65 años de distancia y a través del "racconto" de la escena y el relato de testigos que presenciaron aquello, creemos que aquella atrevida acción del vendedor de serpentinas no fue tal. Los coches de aquella época disponían sendos pequeños paragolpes detrás de cada rueda trasera, de manera que el vendedor, esmirriado y con su defecto físico a cuestas, quiso poner su pie sano en uno de aquellos soportes, con el ánimo de no ir casi al trote a la par del automóvil, pues su defecto físico se lo impedía. Falló en su intento y, luego de rozar con su mano, por el instinto de conservación guiado, las nalgas de la mujer, cayó con su bolsa que llevaba pendiente del hombro izquierdo entre el cordón y la acera.

 

El médico frenó al instante y abriendo la portezuela bajó furibundo. Apenas el renguito intentaba levantarse, le asestó un tremendo trompis, sangrándole boca y nariz. Recordemos que el doctor era entonces un famoso y corpulento rugbier y que la indignación le había cegado.

               

Profirió una interjección irreproducible, a la que le siguió otra serie casi simultáneamente y volvió a la carga sobre su débil antagonista. Éste, semiinconsciente, manoteó un pequeño cuchillo de que iba munido y se lo incrustó al médico en el vientre, quien sólo atinó, sorprendido, a abrir muy grandes los ojos.

               

Fue llevado de inmediato en su mismo coche al Hospital de Morón. A mitad de camino, tras una copiosa hemorragia, comenzó a perder el conocimiento y en aquel trance se le escuchó decir en un hilo de voz: "¡Voy a morir, esto no tiene arreglo!".

               

Un año después, o quizá dos, y en otra noche de carnaval, sucedió otro asesinato, esta vez a balazos. Concluía el dios Momo su festejo en aquella húmeda y calurosa noche de marzo ya lejana, sería alrededor de la una de la madrugada cuando, destacándose del griterío de las máscaras y los miles de ruidos combinados de aquella vieja fiesta pagana, se escucharon nítidos tres disparos de revólver.

               

Cuando regresábamos a casa viniendo por Lavalle (hoy Buen Viaje), al doblar por Humberto 1° (hoy R. O. del Uruguay), vimos un tumulto de gente entre la que, con fósforos encendidos y algunas velas provistas por algún oficioso vecino, se movía la policía.

 

Allí, casi sobre el umbral de la familia Quaglini, a la luz titilante y escasa, alcanzamos a ver un cuerpo en el piso de la vereda por donde marchábamos, una blanca camisa teñida en sangre y restos de ésta llegando hasta el cordón. Se trataba de un viejo y conocido vecino, cartero él, de nombre Juan Z.

 

Al parecer, cayó emboscado en las tinieblas de aquella entonces oscura calle. Tenía dos perforaciones de bala en su pecho. La policía encontraría, al otro día, otro impacto en la pared. Nunca se descubrió al asesino.

               

Se trataba de un buen hombre, honesto y trabajador, solo que tenía fama de picaflor. La gente comentaba: "¿Habrá sido por eso?".

 

Fue un hombre de armas llevar. Muchos vecinos que vivían en los aledaños del pueblo por entonces salían armados. No había alcanzado a desenfundar. Su arma estaba aún en su cintura.


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