Noticia

Volver

Carnavales en el Conurbano Bonaerense 10-02-2018

Carnavales: Una mirada del legendario corso de Morón (por Adolfo Speratti)

Carnavales: Una mirada del legendario corso de Morón (por Adolfo Speratti)

En esta nota, el narrador costumbrista Adolfo Speratti, vecino de Morón, con nostalgia cuenta cómo se sentía el carnaval y como participaban los diferentes cortes sociales del distrito. El artículo fue escrito para la Revista Siglo XX y publicado en enero de 2000.

 

 

Cada año el Carnaval, como Démeter en los prados, comenzaba sus desperezos en las vidrieras de las librerías, bazares, jugueterías, tiendas. Era ya la apariencia ostensible de su presencia inminente en las calles, por más que desde casi al comienzo del año ya se hubieran soslayado en los idus de febrero sus tres días rojos, el acontecimiento más jocundo de las vacaciones para los chicos y los novios de ésta y de todas partes del mundo.

               

Guirnaldas de mascarones y caretas, antifaces, dominóes, columnas de coloridas serpentinas, montañas de papel picado y globos vacíos para ser bélicamente llenados con agua, pomos de agua perfumada de todo calibre, matracas, cornetas, silbatos, tambores, arlequines, payasos, diablos, pierrots y hasta algún traje de conde versallesco con peluca y espadín, por si alguno se animaba.

               

Las librerías perdían la adusta apariencia y la tediosa austeridad que recuperaría no muchas semanas después.

               

Las tiendas exhumaban todas las lentejuelas y abalorios habidos, pantallas y abanicos, sedas y telas extravagantes.

               

Eran también afanoso el despertar de Momo en otros lugares del pueblo.

 

 

Tirantes, alfajías, tablones y buenos clavos para la construcción de palcos que habrían de complementar los insuficientes de la Municipalidad y que ésta distribuía entre amigos y recomendados.

               

 

El sábado vísperas del corso, eran desde temprano transportados a mano por las calles convergiendo en el centro desde lugares distantes del pueblo para instalarlos en las aceras. Las dimensiones guardaban proporción con las familias y sus invitados, habiendo algunos desmesurados, hipopotámicos, por tratarse de sociedades o clubes. Muchos eran reconocidos y en la calle ya en su triunfal viaje a la zona del loquero, se decía: Ahí va el palco de las de Fulánez! ¡Ahí el de las de Mengánez!

               

También se registraba inusitada actividad en las cocheras. Se lustraban las volantas, se arreglaban los tapizados, se pintaban las varas y los faroles emergían de la herrumbre a franela limpia, transformándose en esplendorosos fanales. Las campanillas de bronce brillando en las pecheras y los corceles preparados como para los Campos Elíseos.

               

Y en los suburbios, ah ¡las orillas!, no era extraño presenciar en los patios de las casas colectivas el ensayo de la comparsa y el tenaz esfuerzo por lograr con elegancia esas gimnásticas pirámides humanas que solían costar más de una internación en Servicios de Ortopedia.

 

 

El Carnaval ha muerto

 

Se dice que el carnaval ha muerto. Se basa este aserto en el resultado de un cotejo de lo que ocurre en nuestros días llegada la fecha de esa ya decadente celebración o festividad con lo que acontecía hace treinta, cuarenta, cincuenta años. Tal vez haya algo de verdad en la conclusión, porque se trata de la muerte casi súbita de una tradición, como cuando se extingue el brillante curso de un aerolito.

               

La muerte de las tradiciones debe marcar grandes hitos aunque inaparentes en la historia de la humanidad. Como la desaparición de alguna especie o la transformación de la fisonomía terrestre requiere incontables siglos de por medio y cuando más honda la nostalgia que se graba como una arruga más en la faz del hombre. Porque el Carnaval que yo quiero evocar de aquellas primeras décadas del siglo no es nada menos que la continuidad de las fiestas priápicas de la Grecia micénica celebradas con exaltada pasión en el Helesponto o en las cavernas de Creta; de las saturnales de la vieja Roma, de la fiesta de los Locos de la Cuaresma medieval.

 

Hablo del carnaval moronense porque era en el país uno de los más famosos, donde convergían a caballo, en carros, trenes, volantas, sulkys, breques, automóviles, toda esa vecindad que hoy se llama Gran Buenos Aires. ¡Tenía clase este carnaval de Morón! Atraía con su ostentosa iluminación, sus interminables y lentas columnas de carruajes cubiertos de flores y serpentinas. Sus hermosas damas, sus máscaras, sus comparsas, sus fanfarrias, su sana alegría y sus crímenes de revólver y cuchillo.

               

Su sala de espera en las féricas noches y su entrada estaban en el preciso lugar de hoy, Rivadavia y 25 de Mayo, frente a la estación y playa de carruajes de la plazoleta La Roche, hoy terminal de ómnibus, pisoteo fenicio de un pasado de sosiegos y somnolencias. ¡Oh! Quiosco de Aramburu, donde aprendía a libar mis primeras cervezas y algún Pernaud  furtivo.

               

Intentemos describir a cada uno de los tres elementos sociales que integraban este fasto en lo que tenían de común el regocijo, la alegría y el salvajismo.

               

La clase social alta, fina, culta, civilizada y vanidosa que por nada del mundo se iba a perder la fiesta. Eran los oficiantes de un culto urbano y señorial del ramito de flores, la pantalla japonesa, la caja de bombones, las primorosas muñecas, las serpentinas dobles y las miradas hormonales atemperadas en la refracción de una sonrisa.

               

La clase menos pudiente o pobre vergonzante, ya nos entendemos sin recurrir a terminologías sociológicas, que por análogas razones y en más modesta medida venía a la fiesta.

               

Por último, la tercera, a la que no le importaba gran cosa todo esto, pero que no deseaba arrepentirse, pasada la fecha, de no haber concurrido a esa esclusa abierta para aligerar viejas tensiones. Metidos en un dominó o en cualquier barba postiza, se le podía decir, de no mediar el cuchillo, las más palmarias barbaridades a cualquiera o envenenarle la vida con la intriga más aleve.

 

 

La plaza, el agua y los comestibles

 

La plaza, durante el corso ofrecía un aspecto curioso; estaba prácticamente a oscuras, pues su iluminación habitual, que no era reforzada, resultaba insuficiente para luchar contra la sombra que proyectaban los árboles, los palcos y el público prietamente apostado en los cordones de la vereda.

 

Se penetraba en ella atravesando cualquiera de las calles fuertemente iluminadas que la circundaban y se tenía la sensación de introducirse en un recinto de sombras con un mundo casi fantasmal de personas que circulaban pausadamente como habitual en las noches de otros domingos. Eran los de a pie.

 

Los bancos repletos y todos los bordes internos de la vereda, invadiendo buena parte de los canteros de la plaza, un mercado con toda suerte de alimentos, confituras y reposterías. Churros, chorizos, garrapiñadas, alfeñiques, maíz frito, roscas, maníes. Eran la gente de siempre, que ingiriendo alimentos brinda con regocijos viscerales.

               

En los corsos de hace cincuenta años aún se permitía el juego con agua, pues era a partir de la explosión de una bomba de estruendo que se encendía frente al palco municipal. Se abrían las barreras terminales de las calles por donde podían salir con cierto apresuramiento los carruajes, sobre todo los muy descubiertos que no deseaban participar en la contienda y ponerse al abrigo de tan liberal costumbre.

 

Era notable el cambio del carácter urbano de la fiesta para transformarse en una guerrilla de bombitas de agua, pomos decapitados de gran tamaño y por último el económico balde de agua que, por falta de habilidad en arrojarlo, iba con agua y todo y más de una vez costaba unos puntos de sutura en la cabeza del enemigo.

 

Era un espectáculo belicista el que ofrecían los ocupados de los vehículos tras la explosión indicadora de los comienzos de las hostilidades, enfundándose en impermeables o cubriéndose con ponchos.


Mas información