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Carnavales en el Conurbano Bonaerense 10-02-2018

Gran Morón - Corsos y Carnaval: De los más famosos

Gran Morón - Corsos y Carnaval: De los más famosos

Este escrito realizado por Bernardo Schwarzberg, fue editado por la Revista Siglo XX en enero de 2000. En el artículo cuenta como se vinculaban hombres y mujeres hasta llegar "al registro civil" y el asesinato de un conocido socio del Club de rugby Los Matreros.

 

 

Les relataré algo sobre los extraordinarios carnavales de aquellos tiempos cuya máxima expresión eran los corsos que juntamente con los de Flores y Belgrano, eran los más famosos dentro de lo que hoy se llama Gran Buenos Aires, especialmente por su animado ambiente familiar y número de carruajes.

 

Quienes no han visto estos carnavales 40 años atrás en Morón, difícilmente podrán imaginarse cómo eran y como otras costumbres y modalidades pertenecen al pasado, producto de una época en que la vida era más espiritual.

               

Más tiempo atrás, aun cuando en Morón no había luz eléctrica, la iluminación del corso se hacía a gas, colocándose grandes arcos rígidos a lo ancho de la calle, con muchas lámparas en forma de vidrio, abierto en la parte superior, los que se prendían uno por uno por medio de una larga caña.

           

En estos tiempos el recorrido del corso se hacía por 9 de julio hasta Brown, donde en un palco bien alto se ubicaba la banda de música, luego por ésta hasta San Martín, siguiendo hasta la plaza volviendo por las mismas calles.

               

Cuando la iluminación era eléctrica, las instalaciones que se colocaban eran de lo más vistosas, sobre todo en la entrada, frente a la plaza y la Municipalidad.

               

El recorrido comenzaba en 25 de Mayo y Sarmiento y las entradas de los carruajes se sacaban en la confitería de Aramburo Hermanos.

 

En las noches más concurridas se llegaba a vender más de 500 entradas y en ciertas noches había que prolongar el recorrido del corso por falta de espacio para tantos coches y carruajes. Los había de todo tipo, incluyendo carros, chatas, etc., casi todos adornados, debiendo soportar los pobres caballos, en sus cabezas, ruidosos cascabeles.

               

Se nombraba una comisión encargada de organizar los costos que a su vez nombraba un comisario. Recuerdo en ese cargo, entre otros, a Bernardo Echandía, a  Luis Vicente, a Burone. Iban ataviados con charoladas, botas negras y altas con impecables breeches blancos, saco azul con su correspondiente broche en el ojal, montados en briosos caballos con crines arregladas, vasos pintados y elegantes monturas. También recuerdo a Pedro Lacoste, que fue muchas veces presidente de la Comisión de Festejos, y que con lo recaudado en un año se compró, en mil pesos, la primera ambulancia de Morón.

               

Los palcos abundaban en todo el recorrido. Los particulares los construían frente a sus domicilios, la mayoría muy bien adornados. En el contorno de la plaza se ubicaban en las dos aceras y en el centro de la calle. Los hacía armar la Municipalidad y se alquilaban por noche o por todas las noches de carnaval. También se nombraban jurados para asignar los premios a las mejores máscaras, conjuntos, carruajes adornados, palcos, etc.

               

Dentro del corso desfilaban jinetes vestidos de gauchos, con espléndidos recados, algunos con guitarras y sabían detenerse a improvisar agradables payadas. También los había disfrazados de indios, con sus lanzas y montando en pelo. Abundaban los vendedores de flores en ramitos, de varas de nardo, serpentinas, pomos. Era costumbre tomar los servicios de un chico para que alcanzara los ramos de flores a las damas.

               

Dos bandas de música amenizaban el corso, el que comenzaba con un disparo de bomba, haciéndose lo propio al finalizar. Después de ésta, entre los que no se retiraban se entablaban verdaderas batallas con agua, pomos, globos o directamente baldes.

 

Con las serpentinas (el loro), a veces, entre coche y coche, se armaban grandes trenzas. Cuando un joven tiraba una serpentina a una señorita y ésta contestaba con otra, era costumbre que el mozo saludara sacándose el sombrero. Después de varias serpentinas venían los ramitos, las sonrisas, los bombones y a veces seguían hasta el Registro Civil.

               

No puedo olvidar una trágica noche de carnaval, donde un inconsciente mató de una puñalada a un joven médico y deportista de Morón, me refiero a Alfredo Agustín Pasalagua, cuya prematura e injusta muerte nos privó sin duda de una vida de señor, caballero, doctor y deportista.


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